Cuando una nación comienza a olvidar sus valores
Después de contemplar Dioses y Generales, una película construida alrededor de uno de los episodios más dolorosos de la historia estadounidense, quedó en mí una reflexión que inevitablemente terminó llevándome a la República Dominicana.
No fue la guerra lo que más llamó mi atención.
Fueron los hombres.
Sus convicciones. Su sentido del honor. La palabra empeñada. La lealtad. El deber. El valor frente a la muerte. La familia. La fe en Dios. Y también las consecuencias de la división, la intolerancia, la esclavitud y la traición.
No pretendo comparar la Guerra Civil estadounidense con nuestra Independencia o nuestra Restauración. Son acontecimientos históricamente distintos, nacidos de realidades diferentes. Pero la historia tiene una extraordinaria capacidad para convertirse en espejo. Y cuando uno se mira detenidamente en ella descubre que, detrás de las guerras y de las grandes gestas, existe una pregunta que atraviesa los siglos:
| ¿Qué valores está dispuesto a defender un hombre cuando llega la hora de decidir? |
Esa pregunta me llevó inmediatamente a Duarte, Sánchez, Mella, Luperón y a tantos dominicanos que entendieron que había cosas superiores a la comodidad, al dinero, a la posición social e incluso a la propia vida.
También fueron hombres de familia. También conocieron el miedo, la persecución, el destierro, la decepción y la traición.
Y también tuvieron fe.
Por eso nuestra República nació colocando sobre su Escudo tres palabras que no deberían ser simplemente ornamentales:
DIOS, PATRIA Y LIBERTAD.
Ahí hay todo un programa moral de nación.
Pero debemos atrevernos a formular una pregunta incómoda:
¿Qué significado tienen hoy esas palabras en nuestra conducta cotidiana?
Porque una nación no comienza a perderse únicamente cuando alguien amenaza sus fronteras. También puede comenzar a perderse silenciosamente cuando el mérito deja de importar; cuando violar la ley se normaliza; cuando el dinero determina el prestigio; cuando la palabra empeñada pierde valor; cuando la vulgaridad desplaza la educación; cuando la corrupción deja de avergonzar; cuando la familia renuncia a educar y espera que otros hagan lo que le corresponde.
Entonces el problema ya no es solamente político.
Es moral.
Y es generacional.
Resultaría demasiado fácil responsabilizar a nuestros jóvenes. Ellos no aparecieron espontáneamente en la sociedad que hoy tenemos. Son, en buena medida, el reflejo de lo que nosotros les hemos enseñado, permitido, celebrado o dejado de corregir.
Antes de preguntar qué está pasando con la juventud, los adultos deberíamos preguntarnos qué ejemplo estamos ofreciendo.
¿Qué les estamos enseñando sobre el honor?
¿Qué significa hoy cumplir la palabra?
¿Qué lugar ocupan el estudio, la disciplina, el trabajo y el mérito?
¿Les estamos enseñando que tener derechos significa también asumir deberes?
¿Les estamos mostrando que libertad no significa hacer cualquier cosa, sino poder escoger responsablemente aquello que es correcto?
Nuestros jóvenes pertenecen probablemente a la generación con mayores posibilidades tecnológicas de nuestra historia. Tienen el mundo en la palma de la mano. Pueden acceder en segundos a conocimientos que antes exigían años de búsqueda.
Pero disponer de más información no significa necesariamente poseer mayor criterio.
| La tecnología puede transmitir conocimiento. No puede fabricar carácter. |
Y ninguna aplicación podrá enseñar por sí sola honor, integridad, respeto, responsabilidad, compasión, lealtad o amor a la Patria.
Esas cosas comienzan mucho antes.
Comienzan en el hogar.
La familia continúa siendo la primera escuela de ciudadanía. Allí un niño descubre si existen límites. Allí aprende a respetar. Allí observa cómo sus padres tratan a los demás. Allí comprende si mentir tiene consecuencias, si el esfuerzo merece reconocimiento y si la palabra dada obliga.
Después vendrán la escuela, la universidad, las instituciones y la sociedad.
Pero cuando la primera escuela fracasa, todas las demás reciben una tarea mucho más difícil.
Nuestros próceres tuvieron sus propias batallas.
A nuestros jóvenes no les corresponde volver a combatir en las condiciones de Duarte, Sánchez, Mella o Luperón. Gracias a Dios.
Pero tendrán otras.
Tendrán que defender la verdad en una época donde una mentira puede recorrer el mundo en segundos.
Tendrán que conservar su integridad cuando encuentren caminos aparentemente más fáciles.
Tendrán que aprender a disentir sin odiar.
Tendrán que respetar la dignidad y la igualdad del semejante.
Tendrán que decidir si el éxito consiste simplemente en tener más o también en ser mejores.
Y tendrán que decidir qué República desean entregar algún día a sus hijos.
Ahí estará su campo de batalla.
No necesariamente en una trinchera.
Estará en el hogar, en la universidad, en el trabajo, en la empresa, en el ejercicio profesional, en el servicio público y, sobre todo, en aquello que hagan cuando nadie los esté observando.
| Porque el honor comienza precisamente donde termina la vigilancia de los demás y solamente queda la conciencia. |
Podemos continuar levantando monumentos a nuestros héroes.
Podemos colocar sus nombres en calles, avenidas y edificios.
Podemos izar orgullosamente nuestra Bandera y cantar nuestro Himno.
Pero nada de eso será suficiente si un día dejamos de comprender los valores por los cuales aquellos hombres estuvieron dispuestos a sacrificarlo todo.
Duarte, Sánchez, Mella y Luperón ya respondieron a las preguntas que les planteó su tiempo.
Ahora nos corresponde responder las nuestras.
Y quizás la más importante sea esta:
| ¿Qué clase de República estamos preparando para quienes vienen detrás? |
La respuesta no estará solamente en los discursos de quienes gobiernan.
Estará en nuestras casas.
En nuestras escuelas.
En nuestras instituciones.
En nuestros jóvenes.
Y en la conducta de cada uno de nosotros.
Porque DIOS, PATRIA Y LIBERTAD no puede ser únicamente un lema escrito sobre el Escudo Nacional.
Tiene que seguir siendo una manera de entender la República.
Y, sobre todo, una manera de vivirla.